En las últimas décadas, la forma en que entendemos la seguridad y el delito ha cambiado profundamente. Antes, las estrategias se enfocaban casi únicamente en castigar al responsable después del hecho, con toda la atención puesta en la figura del delincuente. Hoy sabemos que esa mirada se queda corta frente a la realidad tan compleja que vivimos.
Por eso, han ido ganando espacio nuevos enfoques que, sin dejar de lado lo penal, incorporan otros factores igual de importantes: el entorno, el territorio y el contexto social. Así, hemos pasado de una visión más limitada a una mucho más integral, donde la seguridad se aborda con herramientas técnicas, pero también con una comprensión más humana y práctica de lo que sucede en las comunidades.
En la actualidad, una de las ideas más importantes para entender el crimen es cambiar la pregunta que nos hacemos. En lugar de enfocarnos únicamente en “quién comete el delito”, el análisis se centra en “dónde, cómo y en qué circunstancias ocurre”. Este cambio de perspectiva, que surge de la criminología ambiental, nos ayuda a ver que el delito no es algo que sucede al azar o que depende solo de la persona, sino que sigue ciertos patrones relacionados con el entorno y la dinámica de cada lugar.
Ejemplo: Factores como el diseño de una calle, si hay buena iluminación, qué tanta visibilidad tiene el espacio, la presencia de personas que ejerzan un control natural (como vecinos o comerciantes) o lo fácil que es acceder a una zona, influyen directamente en que un delito pueda llegar a ocurrir o no.
Desde esta forma de ver las cosas, prevenir el delito se vuelve algo mucho más práctico y real. Ya no quedamos solo en buenas intenciones o discursos bonitos, sino que empezamos a hacer acciones concretas para cambiar esas situaciones que permiten que ocurra un delito. La idea es simple, pero con un potencial enorme para generar cambios positivos. Básicamente, se trata de ponerle más difícil la tarea a quien quiera cometer un delito, lograr que sea más fácil que lo vean o lo identifiquen, y reducir al máximo lo que espera ganar. Cuando aplicamos estas ideas de forma ordenada y constante, los resultados empiezan a verse claros y se pueden medir.
Y quizás lo más valioso de todo es que esta forma de trabajar se puede evaluar. Es decir, podemos comprobar si realmente está dando resultados o no. Eso hace que sea una herramienta útil y concreta, mucho más que una simple promesa o un discurso bonito.
Esto no significa que, porque surjan nuevas formas de pensar, los modelos tradicionales de seguridad vayan a desaparecer. La seguridad pública, que es esa responsabilidad directa que tiene el Estado de mantener el orden, prevenir delitos y hacer que se cumpla la ley, sigue siendo la base de todo. Su papel es indispensable, tanto para actuar cuando ocurre un delito como para evitarlo simplemente con su presencia y autoridad.
A pesar de los esfuerzos que se han hecho, como aumentar los patrullajes y los controles, todavía hay un problema que no hemos podido resolver del todo. Hoy en día, la forma de actuar sigue siendo principalmente después de que el delito ya ocurrió. Dicho de otra forma, se reacciona con fuerza cuando el daño ya está hecho, en lugar de poder evitarlo antes.
A menudo, cuando se habla de estos temas, nos centramos únicamente en lo que está bien o mal según la ley y en si cada persona se porta bien o mal. Pero esto nos hace perder de vista el panorama completo. Es decir, casi no se analizan a fondo las condiciones en las que vive la gente, el barrio o la ciudad en la que se desenvuelve, ni los problemas de fondo que tiene la sociedad. Y todos estos factores también influyen mucho en que surjan la violencia y la delincuencia.
Esta limitación ha llevado a que el concepto de seguridad ciudadana gane fuerza como una visión más amplia y completa del tema. A diferencia del enfoque clásico, la seguridad ciudadana no se limita a bajar las cifras de delitos, sino que también considera cómo se siente la gente en su día a día, la protección de sus derechos y su calidad de vida.
La seguridad ya no es solo responsabilidad del Estado, sino que se construye entre todos, con la participación de las instituciones, los gobiernos locales y la propia comunidad.
Este enfoque, incorpora un factor clave: la percepción ciudadana. Es posible que la gente siga sintiendo miedo o desconfianza incluso en zonas donde los delitos han disminuido según las estadísticas. Por eso, las políticas de seguridad no solo deben buscar resultados numéricos, sino también responder a lo que la población vive y siente en su día a día. En otras palabras, la seguridad hoy no se mide solo con cifras, sino también con la confianza que las personas depositan en las instituciones y con su calidad de vida.
En el día a día, esta visión de la seguridad cobra vida en los barrios y en las comunidades. Es en el territorio donde los problemas se sienten de verdad y donde podemos intervenir de manera más certera y efectiva.
Estar cerca de la gente, conocer las dinámicas del barrio y caminar la calle junto a vecinos, comerciantes y organizaciones sociales nos permite identificar situaciones que, desde la distancia de una oficina, serían invisibles.
En este modelo, la comunidad no es solo un requisito o algo que suene bien en los documentos. Es el corazón de todo. Porque cuando hablamos de crear espacios donde todos nos sintamos protegidos y tranquilos, la verdadera fortaleza está en las personas: en la confianza que se construye poco a poco, en el día a día, y en el compromiso de quienes comparten un mismo lugar. La seguridad no viene de afuera, se construye entre todos, desde lo más cercano y desde lo más humano.
Uno de los principales retos que hemos visto al poner en marcha estos enfoques es que, a menudo, hay una distancia muy grande entre lo que se dice y lo que realmente se hace. En muchos casos, las políticas públicas adoptan un discurso moderno que habla de prevenir, de incluir a la comunidad y de entender los territorios, pero en la práctica siguen funcionando como siempre: reaccionando a los problemas ya consumados y aplicando medidas de control. Esta desconexión entre el discurso y la acción no solo hace que las estrategias pierdan efectividad, sino que también transmite a la ciudadanía una imagen de falta de coherencia por parte de las instituciones.
Otro punto clave es que, aún hoy, muchas decisiones en temas de seguridad se siguen tomando por simple intuición, por lo que se comenta en las noticias o como reacción a un hecho reciente que impactó. Este tipo de medidas pueden sonar bien en el momento o mostrar que se está actuando rápido, pero si no están basadas en un análisis serio y bien hecho, con el tiempo dejan de ser útiles y no solucionan los problemas de verdad.
Frente a esta realidad, la criminología aplicada propone algo mucho más sólido: que las estrategias de seguridad se basen en información real, en datos concretos y en evidencia que demuestre qué funciona y qué no. Se trata de dejar atrás las improvisaciones y construir políticas públicas más serias, pensadas con cabeza fría y con un objetivo claro: proteger mejor a la ciudadanía.
Hoy en día, la seguridad no es solo cuestión de reaccionar cuando ya ocurrió un delito. Se trata de aprender a manejarla de forma más inteligente. ¿Cómo? A través de la información: observar los datos, entender cómo operan ciertos patrones delictivos y medir qué estrategias realmente funcionan. Todo esto nos ayuda a tomar mejores decisiones.
Así podemos usar mejor los recursos, que siempre son limitados, y evitar estar improvisando sobre la marcha. En un momento donde la gente exige más protección y los presupuestos no alcanzan, trabajar con este enfoque ya no es una opción, sino una obligación.
Por otro lado, también está el enfoque más clásico, el que se enfoca en quien comete el delito. Este modelo busca, por una parte, prevenir a través de las leyes y las consecuencias, y por otra, ayudar a quien delinquió para que no vuelva a hacerlo. Sigue siendo el pilar de nuestro sistema de justicia y cumple un papel fundamental en la búsqueda de justicia y en la rehabilitación de las personas. Pero si nos quedamos solo con esta mirada, nos falta algo importante: necesitamos también estrategias que observen el contexto, las relaciones sociales y las condiciones que, en muchos casos, abren la puerta al delito.
En América Latina, la manera de entender y manejar la seguridad ha cambiado mucho según el tipo de gobierno de turno y cómo funcionan las instituciones.
Por ejemplo, en países como Argentina, Uruguay o Chile, cuando regresó la democracia, también llegaron nuevas formas de pensar sobre cómo proteger a las personas y mantener el orden. Pero esos cambios no ocurrieron de inmediato ni fueron completos. Muchas costumbres, estructuras y maneras de hacer las cosas de antes siguieron presentes.
Esa mezcla entre lo viejo y lo nuevo ha generado problemas y contradicciones que, hasta el día de hoy, no se han podido resolver por completo.
Cada vez se habla más de poner a las personas en el centro y de enfocarse en prevenir los problemas de inseguridad. Sin embargo, en la práctica, esto se ha aplicado de manera muy desigual.
En muchos lugares, estas ideas suenan muy bien en los discursos o en los documentos oficiales, pero luego no se traducen en acciones concretas que duren en el tiempo. ¿Qué ha fallado? Principalmente, que no hay políticas de Estado pensadas a largo plazo: los gobiernos cambian y con ellos las prioridades, y las distintas instituciones no logran coordinarse bien entre sí.
Todo esto nos deja una lección importante: el verdadero desafío no es solo tener buenas intenciones, sino lograr que las ideas funcionen en la práctica y se mantengan más allá de una administración.
En resumen, la información que tenemos nos muestra algo muy claro: no hay una única solución que, por sí misma, pueda resolver el problema de la delincuencia. Es un asunto complejo que requiere un enfoque combinado.
Para que la seguridad funcione de verdad, no basta con una sola medida, sino que hay que actuar en distintos frentes al mismo tiempo y de forma coordinada.
Por un lado, es clave que la policía y las autoridades sigan cumpliendo su labor, actuando cuando ocurre un delito. Pero también necesitamos prevenir, y para eso ayudan mucho las mejoras en los espacios públicos: poner mejor iluminación, instalar cámaras, y hacer que los lugares sean más seguros y transitables.
Sin embargo, todo esto no alcanza si no lo acompañamos con un enfoque más amplio: la seguridad ciudadana. Esto significa que no solo las autoridades tienen responsabilidad, sino también los vecinos, las organizaciones y la comunidad en general. Todos podemos aportar para construir entornos más seguros y para que todo funcione, estas ideas tienen que llegar a la práctica, a los barrios y territorios, donde la gente vive el día a día. Ahí es donde realmente se notan los problemas y donde las soluciones deben hacerse realidad.
El verdadero desafío no está en los planes escritos ni en los buenos discursos, sino en lo que pasa todos los días en la calle y en los barrios. Hablamos de lograr que todas las instituciones trabajen como un solo equipo, coordinadas de verdad, y dejar atrás esa vieja costumbre de actuar solo cuando el problema ya explotó. Ese es el corazón de cualquier política de seguridad que realmente busque resultados.
Hoy en día, pensar de nuevo la seguridad no es solo un tema de conversación o teoría. Es algo que necesitamos hacer, y con urgencia. La realidad se ha vuelto más compleja, y eso nos pide respuestas que sean rápidas, que pongan a las personas en el centro y, sobre todo, que sean capaces de adelantarse a lo que pueda pasar.
DIFERENCIACIÓN CONCEPTUAL DE LOS MODELOS DE SEGURIDAD Y ENFOQUES CRIMINOLÓGICOS
I. Seguridad Pública:
- Este enfoque es el método tradicional que usan los gobiernos para enfrentar la delincuencia. Aquí, el Estado toma el mando a través de sus instituciones más conocidas: la policía, los jueces y las cárceles. Básicamente, funciona como una respuesta después de que ocurre el delito: alguien comete un hecho ilegal, y entonces las autoridades actúan aplicando la ley y, si hace falta, usando la fuerza.
- Cuando actuamos de esta manera, tendemos a ver el delito simplemente como un asunto entre la ley y la persona que lo cometió. En este enfoque, lo más importante es identificar al culpable y aplicar un castigo, con la idea de que así todo vuelve a su lugar y se hace justicia.
- Sin duda, esta manera de pensar es necesaria ya que nos ayuda a mantener el orden y nos recuerda que las leyes existen para cumplirse. Pero también tiene sus límites. Por ejemplo, por sí sola no logra evitar que ocurran muchos delitos. Y lo que es más importante, tampoco consigue calmar esa sensación de miedo o inseguridad que muchas personas sienten en su día a día, incluso cuando, sobre el papel, las cosas “han vuelto a la normalidad”.
I.I. Alcance preventivo de la seguridad pública
Aunque la seguridad pública suele actuar después de que ocurren los delitos, también puede incluir ciertas medidas para tratar de evitarlos. Pero hay que dejar claro que esta prevención es limitada y se enfoca principalmente en lo que pueden hacer las policías en el día a día.
- En concreto, hablamos de acciones como patrullajes, controles en la vía pública o fiscalizaciones. La idea es que, al haber más presencia del Estado en las calles, quienes tengan malas intenciones se lo piensen dos veces por miedo a ser sorprendidos.
- Sin embargo, esta forma de prevenir no debe confundirse con otras mucho más profundas. No se ocupa de las causas reales que generan la delincuencia, como los problemas sociales, la falta de oportunidades o el deterioro de ciertos barrios. Por eso, su efecto es parcial y funciona más como un complemento.
Al final del día, la seguridad pública sigue siendo, en esencia, un sistema que reacciona una vez que el daño ya está hecho.
II. Seguridad Ciudadana y Seguridad Comunitaria:
- La seguridad ciudadana no se trata solo de que haya menos robos o asaltos. Es un concepto mucho más amplio y tiene que ver con cómo vivimos nuestro día a día, con sentir que podemos salir a la calle tranquilos y que nuestros derechos están protegidos. En el fondo, habla de nuestra calidad de vida.
- Una forma diferente de entender la seguridad es poniendo la mirada en algo fundamental, por un lado, está la realidad de los delitos que ocurren, pero por otro, hay una dimensión igual de importante que tiene que ver con lo que sentimos. Se trata del miedo, esa sensación de inseguridad que podemos llevar con nosotros, aunque nunca nos haya pasado nada malo.
- Por eso, la seguridad no se construye solo desde una oficina o con el esfuerzo de una única institución. Es algo que nos compete a todos. Necesitamos que se involucren tanto las autoridades locales, que conocen de cerca cada barrio, como los propios vecinos, que son quienes viven la realidad de su comunidad todos los días.
- Cuando llevamos esta idea a la realidad, a las calles y a los vecindarios, le llamamos seguridad comunitaria. Básicamente, se trata de trabajar de la mano con la gente del barrio, aprovechando todo lo que ellos conocen de su propio entorno. Porque, al final, nadie mejor que quienes viven ahí para saber cómo son las cosas, cuáles son los problemas y a qué horas pasa cada cosa. Así, juntos (vecinos, autoridades y organizaciones), podemos crear soluciones que realmente se adapten a lo que cada lugar necesita. Se acaban las fórmulas generales que a veces no sirven de nada, y empezamos a construir respuestas útiles, pensadas desde la experiencia de quienes conocen el día a día del barrio.
III. Criminología Ambiental y Criminología Situacional:
- La criminología ambiental y la criminología situacional nos ofrecen herramientas muy prácticas para prevenir el delito, aunque lo hacen de una forma distinta a la que normalmente imaginamos. En lugar de centrarse únicamente en la persona que comete el delito, ponen la atención en el lugar y el momento en que este sucede.
- Por un lado, la criminología ambiental se pregunta cómo influyen el espacio físico, el diseño de las calles o cómo nos organizamos como sociedad en la aparición de los delitos. Básicamente, trata de entender por qué hay zonas donde ocurren más robos o conflictos, y qué características del entorno facilitan que eso pase.
- Por otro lado, la criminología situacional va un paso más allá y propone actuar directamente sobre esas condiciones. Es decir, pasar a la acción con medidas concretas: mejorar la iluminación de una calle, controlar quién entra a un edificio, instalar cámaras en puntos estratégicos o rediseñar una plaza para que sea más visible y transitada. La idea es sencilla: si hacemos más difícil cometer un delito, reducimos las oportunidades de que ocurra.
Estas dos maneras de pensar nos enseñan algo muy valioso: el contexto en el que vivimos y trabajamos influye muchísimo. Y cuando logramos comprender mejor ese entorno, podemos crear medidas de prevención más útiles y efectivas. Eso significa poder comprobar si realmente funcionan y, lo más importante, que ayuden de verdad a construir un lugar más seguro para todos.
Carlos A. Guglielmi Pérez
Cientista Forense | Máster en Inteligencia: Seguridad y Defensa | Máster en Comunicación No Verbal y Detección de la Mentira
Posgrado en Análisis de Conducta Criminal | Diplomados en: Perfilación Criminal, Criminología Corporativa, Medicina Legal y Forense, Antropología Forense, Psicopatología Forense, entre otros.
guglielmi.fsi@gmail.com
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